No sé por qué extraña razón cuando estoy en Mallorca el pensamiento fluye tan fácilmente. Supongo que será el paréntesis que significan este tipo de escapadas en mi vida o la calma que suponen. La cuestión es que una de las cosas que más me paro a pensar cuando estoy por aquí es en las amistades, en el significado que tienen a lo largo del tiempo. Cuando hace ya casi seis años que dejé este lugar pensé que cada vez que volviera todo sería lo mismo. La tristeza colocó un velo de inocencia sobre mis ojos e hizo que a lo largo de los años la ilusión se diluyera.
El tiempo ha pasado y muchas de las amistades que en aquel momento eran intensas han ido disolviéndose con el tiempo. Mi grupo de amigas de las que era inseparable ya no lo es más, hace ya años que se fue deshaciendo, haciendo cada una de ellas su vida ajena a la de las demás. Todo esto me ha ido causando tristeza, que se hacía presente cada vez que pisaba otra vez la isla, y con los años me ha hecho ir viendo una serie de cosas que a veces cuesta aceptar.
Formar parte de un grupo de amigos es algo inigualable. Hace sentirte alguien, parte de algo, de un lugar, y sin duda cuando existe es de lo mejor del mundo. Pero con los años me he dado cuenta que, generalmente, esto no es efímero. Los grupos muchas veces nacen de una unión temporal intensa, de un lugar común. Pocos duran toda la vida, la mayor parte de ellos se disuelven de forma natural al cabo de pocos años de abandonar ese lugar común, especialmente si son grandes. Si no se alimentan de nuevas experiencias, de ilusión de hacer cosas juntos, si no se les da vida, tienen los días contados. Nuevos grupos nacen, nuevas afinidades surgen y el núcleo se diluye lentamente. A veces es algo inevitable, y la mayoría de ellas ya no hay vuelta atrás: la reunión al cabo de un tiempo resulta una sentencia de lo que ha pasado.
Pero a nivel individual, si una amistad es fuerte y verdadera, sin duda perdura a lo largo de los años. El signo principal de todo ello es la confianza, el sentir que no han pasado los años, que la capacidad de abrirse el corazón el uno al otro no ha desaparecido, que podrían pasar las horas y seguir hablando. Esta es de las sensaciones más bonitas del mundo, y es la que sigo experimentando con una serie de amigas que conservo de esa época. Quizás no llamo ni estoy pendiente de ellas todo lo que debería, pocas excusas hay para esto, pero el cariño sigue ahí y prueba de ello es todo lo dicho. Y estoy segura de que los años no lo dinamitarán.



